Hoy revisando alguos videos recordé al gran jugador argentino José Alberto Percudani, quien debe ser de los pocos jugadores en Latinoamérica y que jugaron en Chile (aunque fuera muy poco) que pueden contar el haber hecho un gol que valía una Copa Intercontinental.
José Alberto Percudani nació el 22 de marzo de 1965 en Bragado. Pintaba para crack desde chiquito.
Jugando de diez en su pueblo, Mandinga hizo que sus diabluras llamaran
la atención de Pedro Rivero, un ex jugador de Independiente, quien lo
llevó a probarse en el Rojo. "A los 13 años me fui para Avellaneda.
Vivía en la casa de una familia fanática de Independiente junto con
Sergio Vargas, Sergio Merlini, la Vieja Reinoso, Pedro Massacessi y
otros chicos que no llegaron a Primera".
La mudanza incluía estudios obligados por los dirigentes. Pero tanto la
pensión como los libros duraron poco. "Hice novena, octava y, cuando
estaba en séptima, Nito Veiga me subió a Primera. Había empezado una
escuela electrónica, pero cuando a los 17 debuté con los grandes largué
todo. Hoy sólo te puedo arreglar un enchufe...".
Date unas vueltas. Luego de su debut, fue el Pato Pastoriza el que le
dio continuidad a Percudani en la primera. Y esa experiencia terminó
con el título en el Metropolitano y 11 goles de Mandinga. Pero a su vez
le dio inicio a los insultos de los hinchas. "Hacía un gol cada dos
partidos e igual me puteaban. Desde la platea, la popular, la puerta
del baño...".
Para la Copa Libertadores del 84, a Percudani le tocó pelear el puesto
con Bufarini. Y la vuelta olímpica contra Gremio de Brasil la disfrutó
desde el banco de suplentes.
Madrugada de gloria. La titularidad volvió con un momento clave: el
viaje a Japón para pelearle la Intercontinental al Liverpool inglés.
Nueve minutos del primer tiempo, Marangoni metió un pelotazo justo para
que Percudani quedara solo contra el arquero. "Le tuve que pegar con la
zurda, como si supiera". Fue 1 a 0 final y momento de gloria para
Percudani.
"El regreso a Bragado fue impresionante. Me esperaron cientos de autos
en la ruta... Estaba hasta el intendente". Con ese gol, llegaron los
primeros departamentos y locales, su actual ingreso extrafutbolístico.
Y, además, la calma en su relación con la hinchada. Aunque este breack
duró menos de un año.
Basta, me voy. Libertadores del 85, semifinal. El rival era Argentinos.
Fue 2 a 1 abajo y chau Copa. Esa noche, Percudani se comió cuatro mano
a mano que los hinchas del Rojo aún maldicen. "Me querían matar. Y eso
que hice el gol. Pero bueno, siempre se la agarraban con el nueve. A
Marangoni, que le temblaron las piernas y erró un penal, no le dijeron
nada".
Los insultos se convirtieron en apretadas -"Un barra vino a mi casa a
pedirme perdón"-, llegó el peruano Franco Navarro como nueve y el ciclo
se iba cerrando. Y la partida no la detuvo ni la Selección.
Fracaso americano. Su primer llamado para la Selección mayor fue para
la Copa América del 87 en nuestro país. Mandinga jugó todos los
partidos y no gritó ningún gol. Argentina terminó tercera y para todos
fue un fracaso. "¿Y que querés? Si Maradona vino y no concentró nunca.
Los únicos que concentrábamos éramos nosotros, los más nuevitos. Y
estaba Bilardo: el nueve tenía que jugar de dos, el dos de cinco. Casi
me muero".
Después de la Copa, vino el Austria Viena, puso 600 mil dólares y se
llevó al goleador. Estuvo dos años y sus goles llegaron a los oídos de
Jesús Gil y Gil, el presidente del Atlético de Madrid, quien lo llevó a
la Segunda española para intentar salvar del descenso a su filial, el
Madrileño. A partir de ahí, ningún club representaría tranquilidad para
Mandinga.
Mil y un problemas. "Gil y Gil se pensó que había traído a Maradona y
que al primer partido iba a hacer diez goles. Como no le gustaron mis
actuaciones, al segundo encuentro me borró del equipo. Es tuve seis
meses esperando que me pague y ellos se fueron al descenso". Llegó
julio del 90 y la oportunidad de volver a Sudamérica.
"Tenía todo arreglado con Boca para ir a préstamo. Pero apareció la
Universidad Católica con toda la plata para comprar mi pase y no lo
dudé. Me fui para Chile". Allí, sus goles chocaron con el técnico
Vicente Cantatore. "Apenas llegó, quería hacer negocios. Buscaba llevar
un delantero y ganarse como 30 lucas. Entonces lo encaré y le pedí que
no me serruchara el piso. Obviamente, me sacó del plantel. Y ahí decidí
irme. Fue un error porque a los dos meses lo echaron".
Su destino fue Peñarol. Y allí, los problemas tampoco se le despegaron.
"Me debían como 30 lucas y el tesorero se escondía. Entonces, arreglé
con Estudiantes y me vine. Pero en el apuro, me olvidé de rescindir el
contrato del departamento y la dueña se aprovechó: me hizo juicio por
destrozos y me sacó 2.500 dólares. Pero el departamento lo dejé hecho
una pinturita".
Chau, chau, adiós. La camiseta de Estudiantes fue la última que
Mandinga lució en Primera. Aunque lo hizo poco y las cosas tampoco le
salieron bien. "Me equivoqué al irme al Pincha. No era mi estilo de
juego. Se la pasaban tirando centros y yo nunca había cabeceado ni con
mis hijas. Y también me debían guita".
Desembarcó en Almirante Brown (otra vez con Nito Veiga), recibió 8.000
dólares en muebles y se fue a Talleres de Remedio de Escalada. Sonó la
misma canción y Mandinga dijo basta: "Estuve cuatro meses sin cobrar un
peso. Agarré a mi señora y le dije: Vámonos a Bragado, yo no juego más".
De pueblo en pueblo. Pero el traje de ex jugador no le calzaba. Y la
aparición de un empresario lo tentó para volver a las canchas. Aunque
lejos del ruido de la Primera. "Empecé a jugar torneos regionales -el
Argentino B y A, con ascensos a la B Nacional- Me pagan a tiempo y gano
más que en el Ascenso -casi 2 lucas por mes-".
Con la comodidad deseada, Mandinga repartió goles en Chivilcoy, 25 de
mayo, Carlos Casares, Río Gallegos, Arenales y Arrecifes. Y estos
últimos meses, mientras estudiaba una oferta de San Martín de Mendoza ,
fue el capitán de Martín Güemes.
Fuente: Olé.com

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